El rapto de Europa

No ví en sus ojos la violencia oscura 
que al toro hermano enturbia la mirada; 
sólo en ellos mi imagen reflejada, 
en nítida y brillante miniatura.

Acaricié su piel de nata pura, 
y dejé su testud engalanada 
de guirnalda tejida a la alborada 
con flores que adornaron mi cintura.

Me encaramé a la grupa, y al momento 
se levantó con ágil movimiento, 
y me llevó sobre el azul del mar.

Siempre hay un dios que en cada enamorado 
trama la posesión del ser amado, 
y yo, mujer al fin, me dejé amar.

Los Angeles, 28 de febrero de 1999 

Francisco Álvarez Hidalgo

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